Toledo juega la carta de 2031 como algo más que una candidatura cultural. Lo que se está poniendo sobre la mesa no es solo un intento por lograr el título de Capital Europea de la Cultura, sino una apuesta de fondo que aspira a redefinir el modelo cultural, económico y territorial de la ciudad, la provincia y, en última instancia, de Castilla-La Mancha.
El proyecto se articula sobre una idea central: no es una operación coyuntural ni un evento de calendario, sino una decisión estratégica de largo recorrido. En el equipo que impulsa la candidatura se insiste en que el camino iniciado no tiene marcha atrás. La capitalidad europea llegará o no llegará en 2031, pero el modelo cultural que se quiere activar está pensado para mantenerse en el tiempo, incluso en el escenario de no resultar elegidos. Con menos recursos, sí, pero con una hoja de ruta ya definida.
Esa lógica de carrera de fondo es uno de los elementos diferenciales de la propuesta. Frente a candidaturas que concentran esfuerzos en el año del título, Toledo defiende una narrativa de continuidad: la capitalidad como acelerador, no como punto final. De hecho, la legitimidad histórica de la ciudad aparece como el segundo gran eje. Toledo se reivindica no tanto desde el relato patrimonial clásico como desde su condición de cruce de culturas y espacio de traducción, diálogo y encuentro. Una idea que se quiere actualizar con una reinterpretación contemporánea de la Escuela de Traductores, convertida ahora en símbolo de creación, mediación cultural y lectura del mundo actual.
El calendario inmediato aprieta. Tras superar el primer filtro, Toledo compite con otras ocho ciudades que siguen en liza. Entre el 9 y el 12 de marzo llegará uno de los momentos clave: la defensa presencial del proyecto ante un comité compuesto por expertos de la Unión Europea y representantes del Ministerio de Cultura. La exposición, íntegramente en inglés, tendrá una duración de una hora y estará seguida de un turno de preguntas. El orden de presentación responde a un criterio alfabético y sitúa a Toledo cerrando las defensas el día 12. Al día siguiente se conocerá qué ciudades pasan el siguiente corte. El nombre definitivo de la Capital Europea de la Cultura 2031 no se sabrá hasta final de año.
Más allá del procedimiento, el diseño cultural de la candidatura busca alejarse de una visión museística o anclada exclusivamente en el pasado. La propuesta pone el foco en el patrimonio vivo, en la creación contemporánea y en la conexión con públicos jóvenes. Diseñadores, artistas y artesanos de la región aparecen como piezas clave de un ecosistema que quiere aprovechar, además, los espacios públicos como escenario principal. No se trata solo de programar actividades, sino de activar la ciudad y su entorno como paisaje cultural.
En ese punto aparece otro de los rasgos diferenciales: el carácter claramente territorial del proyecto. La candidatura no se limita a la ciudad histórica, sino que integra a la provincia y se proyecta incluso a escala regional. El apoyo institucional de Castilla-La Mancha fue uno de los primeros en materializarse, y la propuesta insiste en que ese encaje territorial es una de sus principales fortalezas frente a modelos más locales o centrados en el casco urbano.
Sobre la mesa ya hay más de setenta actividades planificadas en distintos formatos, con una fuerte presencia de programas intergeneracionales. La idea es romper la segmentación habitual entre cultura “para jóvenes” y cultura “para mayores”, y construir una programación transversal que conecte generaciones y públicos diversos.
La cuestión económica, inevitable en una candidatura de este calibre, se aborda desde una combinación de financiación pública y un fuerte peso de la iniciativa privada. Existe el compromiso de las administraciones, y el paso del corte de marzo supondría, previsiblemente, un respaldo económico más claro por parte del Ministerio. Pero el modelo que se quiere replicar es otro: el de grandes proyectos culturales sostenidos mayoritariamente por inversión privada y por la implicación de la sociedad civil y el tejido empresarial, reduciendo la dependencia directa de las arcas públicas.
En términos de impacto, las estimaciones que maneja el equipo sitúan el retorno económico potencial en una horquilla de entre 30 y 40 millones de euros. Una cifra que no se vincula solo al turismo, sino también a la atracción de inversión, a la dinamización del sector cultural y creativo y a la proyección exterior de la ciudad.
En el trasfondo, más allá de plazos y comités, hay un elemento emocional que también juega su papel. La candidatura se vive internamente como un momento excepcional, con una mezcla de ilusión y vértigo que acompaña a los grandes proyectos. Toledo sabe que compite con ciudades fuertes, pero también que ha decidido tomarse en serio una oportunidad que va mucho más allá de un título. 2031, gane o no, ya forma parte de su horizonte estratégico.