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Imagen de la última Conferencia de Presidentes autonómicos, celebrada el pasado mes de septiembre.
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Imagen de la última Conferencia de Presidentes autonómicos, celebrada el pasado mes de septiembre. (Foto: Pool Moncloa // Borja Puig de la Bellacasa)

Dirigentes autonómicos se convierten en referentes en medio de una política nacional “a garrotazos”

jueves 15 de octubre de 2020, 22:29h
Andan los políticos nacionales vendiendo hielo para los corazones y recreando “La riña”, esa pintura negra de Goya más conocida como “El duelo a garrotazos”, pintada hace 200 años. No hay día en el que el tono no suba ligeramente de volumen. No hay discursos sin calificativos gruesos. Los errores y los excesos propios se trasladan a los de enfrente. Y así estamos en la espiral de violencia.
Es cierto que hay quien trata de recrear el escenario en algunas comunidades. Pero en otras hay personas que están marcando el camino, que no es otro que el de la moderación, la discrepancia ponderada, que son expresión del sentido común. En ese grupo destacan el lehendakari Urkullu, el gallego Feijoo, el valenciano Puig, el andaluz Moreno y el castellano-manchego García-Page.

A día de hoy, los presidentes autonómicos están marcando un nivel político de mayor altura al que se alcanza a nivel nacional. Es cierto que hay oposiciones e incluso colaboradores que tratan de prender mechas. Con la grave crisis sanitaria y económica hay quien se esfuerza en recrear las dos Españas, mientras que otros, a la izquierda, a la derecha o en el nacionalismo se afanan en el día a día de los ciudadanos.

Las sesiones plenarias de los miércoles en el Congreso de los Diputados se han convertido en el escaparate de los disparates de la política, en la bronca permanente y creciente y en el y tú más. El tranvía se desboca y todos pisan el acelerador.

No hay semana sin mecha. Esta ha sido la de la propuesta para reformar la ley del poder judicial. Es cierto que el bloqueo es insostenible, pero la reforma que se pretende, lejos de dar solución acrecienta el problema.

Lo ha señalado el propio portavoz de Esquerra Republicana, Gabriel Rufián, lo que se cambia para hoy y con esta mayoría sirve para mañana con otras mayorías. Por otro lado, la reforma ya ha traspasado las fronteras y se analiza en Europa, donde nos hemos esforzado en reforzar la imagen de Estado moderno, en el que se garantiza la división de poderes. Fue algo en lo que España echó el resto especialmente durante el procés y desde entonces frente a los líderes independentistas que se han afanado en decir lo contrario. Además da una excusa a los halcones europeos y a sus posiciones frente a los postulados europeos. También agita a los jueces que, dicho sea de paso, tendrán la última palabra porque pueden presentar un conflicto de competencias o porque algunos de ellos tendrán que decidir ante un posible recurso de inconstitucionalidad.

Dice Pablo Casado que a él no le presiona nadie. Se lo dijo al presidente Sánchez en el bronco debate del miércoles. Y se equivoca. No se trata de él, sino de los intereses generales. No puede confundir: su conveniencia no es la de España. Puede que no le agrade que Podemos tenga su cuota parte en los nombramientos. Bienvenido al club. Pero es el sistema que nos hemos dado. Y, curiosamente, su oposición lleva a que esa cuota parte pueda ser mayor a través de la reforma planteada por PSOE y Podemos.

Más preocupante es la posición de Podemos respecto a los jueces en lo que atañe a las causas que tiene abiertas en los tribunales y en las que la Justicia, con cuota parte de los morados o sin ellas, decidirá con independencia. No cabe pensar lo contrario. Menos el mismo día en el que el Tribunal Supremo confirma el fondo de la sentencia de la Gürtel. Y claro, la izquierda promueve la reforma porque piensa que el poder judicial está escorado a la derecha. El magistrado García Castellón ha denunciado los ataques que sufre en las redes, de la kale borroka digital. Algunos la vinculan con los morados y dan incluso nombres y apellidos de los jefes de la guerrilla en redes.

Así está el Parlamento, el poder legislativo. Y así está el poder judicial, en el ojo del huracán. Lo del otro poder, el gobierno, tampoco es para alegrías. Con la vista puesta en media España y olvidándose de la otra media, llega tarde a las grandes cuestiones ciudadanas y traslada la impresión de que está más pendiente de lo suyo que de lo del resto de los mortales. Es noticia por cuestionar a las instituciones y a los partidos de la oposición que no están en su mayoría minoritaria.

El escudo social de las pensiones

Hay alguna honrosa excepción, la del ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, un técnico captado por la política. Él sigue tratando de cumplir con lo suyo, con reformar y cuadrar el sistema de pensiones, una tarea nada fácil y que afecta a muchos. Busca propuestas de sindicatos y empresarios y sondea a los autónomos, porque sabe que, aunque los gastos son para las clases pasivas, los ingresos provienen de los activos, de la economía. Ha tratado de no tocar los privilegios de las jubilaciones de los funcionarios públicos para evitarse un castigo electoral mientras busca cuadrar las del sector privado a base de recortes y penalizaciones, al tiempo que reclama a grandes grupos de cotizantes privados (especialmente a los autónomos) mayores aportaciones al sistema. Lo hace segmentando las negociaciones, lo que puede permitirle cuadrar el círculo al evitar los agravios comparativos.

La suya no es tarea fácil. No hay que perder de vista que durante la crisis anterior y durante esta, los pensionistas se han convertido en colchón social, en la medida que han acudido al rescate de sus familias y lo han hecho en medio de un caos de la administración que se ha demostrado inoperante e incapaz de ejecutar el escudo social, de llegar a tiempo a los afectados con los ERTES, o a los beneficiarios del ingreso mínimo vital, en proteger a los mayores en las residencias… Una situación de la que se extraen dos conclusiones rápidas. La primera, hay que reformar la administración. La segunda, si se reforma el sistema de pensiones hay que evitar que el resultado afecte a sus capacidades porque si se le quita aire al colchón, la desigualdad y la pobreza pueden ir a más. Y es que la aportación del sistema de pensiones al sistema económico y al social en tiempo de crisis es un intangible que no debe perderse de vista.
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