Se trata de una actividad que se reparte prácticamente a partes iguales entre los festejos con lidia profesional y los festejos populares sin lidia, aunque con realidades económicas muy distintas y un reparto desigual en número de eventos.
Dos modelos, un mismo sector
La estructura taurina regional presenta una clara dualidad. Por un lado, la lidia profesional en plazas —corridas de toros, novilladas y festejos de rejones— concentra un elevado gasto por espectáculo. Por otro, los festejos populares —encierros, sueltas, concursos de recortes o toros embolados— son mucho más numerosos, pero con un impacto económico unitario sensiblemente menor.
En un año tipo, Castilla-La Mancha registra en torno a 200-250 festejos de lidia profesional y más de 1.500 festejos sin lidia, cifras que la sitúan entre las comunidades con mayor actividad taurina de España.
El peso económico de la lidia profesional
Cada festejo con lidia moviliza una amplia cadena de gasto. A la contratación de toreros y cuadrillas se suma el papel de las ganaderías de lidia, el alquiler y mantenimiento de plazas, la venta de entradas, las pernoctaciones, la restauración y el comercio local.
El impacto medio por evento se sitúa en torno a los 180.000 euros, con grandes diferencias entre ferias de primer nivel y festejos de menor tamaño. Aplicando esa media, la lidia profesional genera en Castilla-La Mancha aproximadamente 45 millones de euros al año.
Es un volumen económico muy concentrado en determinados municipios y en fechas concretas, especialmente durante ferias patronales, donde el efecto tractor sobre la hostelería y el turismo interior resulta más evidente.
Los festejos populares, el motor cuantitativo
Los espectáculos sin lidia son el auténtico motor en términos de volumen de actividad. Aunque su coste y retorno por evento es mucho menor, su elevada frecuencia compensa esa diferencia.
Estos festejos implican gastos municipales en organización, vallados, seguros y seguridad, así como consumo local en bares y comercios, desplazamientos comarcales y, en muchos casos, alojamiento rural vinculado a las fiestas.
El impacto medio se sitúa en torno a los 25.000 euros por festejo, lo que arroja un volumen anual próximo a los 40 millones de euros. Su relevancia económica es especialmente visible en pequeños municipios, donde los festejos taurinos forman parte central del calendario festivo y sostienen buena parte del consumo estacional.
Un impacto repartido, pero desigual
Con estos parámetros, la estimación del impacto económico anual en la región queda del siguiente modo: unos 45 millones de euros procedentes de los espectáculos con lidia y alrededor de 40 millones de los festejos sin lidia, hasta alcanzar un total estimado de 85 millones de euros.
Más allá del debate cultural o social que rodea a la tauromaquia, los datos económicos dibujan un sector con un impacto tangible en la economía regional y, especialmente, en el ámbito rural. Castilla-La Mancha combina un modelo dual en el que los festejos populares sostienen el volumen de actividad y la capilaridad territorial, mientras que la lidia profesional concentra el gasto y el valor económico por evento. Esta estructura explica por qué, pese a su fuerte estacionalidad y concentración en fechas concretas, la tauromaquia sigue funcionando como un mecanismo de activación del consumo local en numerosos municipios, actuando como complemento económico allí donde la actividad industrial o turística es limitada.
A este impacto económico se suma ahora un factor de incertidumbre regulatoria. Las iniciativas legislativas planteadas en el ámbito estatal para prohibir la asistencia de menores a espectáculos taurinos introducen una variable con potencial efecto económico, especialmente en los festejos populares y en el relevo generacional del público. Una eventual restricción de acceso podría reducir la afluencia familiar a determinados eventos, afectar al consumo asociado en municipios pequeños y tensionar un modelo que se sostiene en buena medida por la concentración estacional de público durante las fiestas patronales. En este contexto, la tauromaquia no solo afronta un debate cultural y social, sino también un riesgo económico a medio plazo en aquellas zonas donde estos festejos siguen actuando como uno de los principales motores de actividad puntual del año.