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Consejo de Ministros del 25 de agosto
Consejo de Ministros del 25 de agosto (Foto: Pool Moncloa/ José María Cuadrado)

El retraso del ingreso mínimo vital resquebraja el escudo social y la pereza de la ministra de Educación genera el caos

  • En siete meses el gobierno se ha quedado viejo y la crisis del gabinete llama con insistencia a la puerta del Palacio de La Moncloa
  • El interés general está por encima del interés de todos y cada uno de los líderes políticos que se sientan en el Congreso de los Diputados

jueves 27 de agosto de 2020, 22:21h

En la política la comunicación es muy importante. Pero la comunicación no puede sustituir a la política. Es un hecho que Iván Redondo ha gestionado muy bien la comunicación del gobierno y su presidente, Pedro Sánchez. Es sin duda el mejor que ha pasado por La Moncloa. Pero falta política. Tanto se ha supeditado a la comunicación, que las lagunas son grandes y las debilidades quedan al descubierto. Se ha gobernado de forma supeditada al titular. Primero se decide qué hay qué decir y luego qué hay que hacer, conscientes de que la información tiene fecha de caducidad rápida y que la memoria colectiva acaso si funciona para cuestiones excepcionales. Otra de las cuestiones que ha quedado patente en estos meses es que sobra medio gobierno. El gabinete se hizo para asentar una coalición. No se estableció una organización estructurada para abordar los problemas del país y el plan de gobierno del presidente. La crisis y su gestión han evidenciado que se puede prescindir de buena parte del Ejecutivo, tanto por la arquitectura establecida como por los responsables y equipos.

Una tercera manifestación de la gestión de la crisis ha sido la de trasladar la responsabilidad a otros, mientras el actor se presenta como el símbolo de la bondad, el diálogo y la concordia. Aunque no haya existido diálogo y la crispación haya batido récords. Sin embargo, el planteamiento ha funcionado en bastantes capas de la sociedad.

La gestión del ingreso mínimo vital resquebraja el escudo social

Existen ejemplos sonoros de esa supeditación de la política a la comunicación. Uno de ellos fue el acuerdo con Bildu para obtener su compromiso de abstención en una votación a cambio de la ´derogación de la reforma laboral. Otro ha sido el ingreso mínimo vital. Se anunció como una de las piedras angulares del escudo social, para no dejar nadie atrás, sobre todo a los más vulnerables. Su gestión ha sido un fiasco. Otro fue el de la ausencia de un comité de expertos, cuando en todas las comparecencias presidenciales, Pedro Sánchez basase sus decisiones en esos expertos y en los técnicos, desterrando que fueran decisiones con sesgo ideológico o de carácter político. La estrategia de comunicación fue buena. Pero el tiempo y los rebrotes han demostrado que faltaron política y gestión.

Lo mismo ha sucedido con el ingreso mínimo vital. Fue respaldado por 297 votos de los 350 posibles en el Congreso, es decir por el 85% de los diputados. Después sólo hacía falta dotarlo económicamente y ponerlo en marcha de forma ágil. Y en ambas cuestiones el gobierno ha fallado.

El acuerdo con Bildu fue un exceso de aceleración, que las críticas, Europa y las necesidades financieras del gobierno terminaron por enterrar.

Son algunos ejemplos de esa filosofía, de esa forma de hacer, en lo que prima es el día y la imagen y donde el horizonte a medio plazo y más allá suele quedar desdibujado, salvo para algunas cuestiones. Una estrategia que, además se circunscribirse a un círculo cerrado, deja fuera a buena parte de los ministros y ha generado numerosas contradicciones.

Unas contradicciones que también se dan en los planteamientos de hoy con los que se hicieron hace unos meses. Porque el “éxito” de la gestión en la primera oleada no es de los técnicos -como se dijo entonces, aunque no existieran- sino del presidente, que ahora acude al rescate del resto de presidentes -los autonómicos- en la segunda oleada. La réplica se la ha dado el presidente catalán Quim Torra, quien ha recordado al presidente Sánchez sus palabras pronunciadas en varias comparecencias públicas durante los meses de marzo, abril y mayo: “el virus no es una cuestión de territorios”. Un recordatorio que vuelve a poner de manifiesto la deflación de la política entendida como respuesta a los problemas que tiene planteados el país, que son excepcionalmente graves.

La batalla por la imagen prima sobre la batalla por la solución. Existe demasiados juegos al ventajismo político. Algo que no sólo se ha dado en el gobierno de España, también en la oposición, con una primera etapa de demasiados calificativos y palabras gruesas, que, además, no se correspondían con el apoyo a las decisiones del gobierno de las prórrogas del estado de alarma. En la oposición se tira también mucho de consultoras, de opinión pública y de fabricación de mensajes para el consumo ciudadano. Cuando el ciudadano necesita respuestas, certezas y seguridad.

La pereza y la inacción el Ministerio de Educación

Ejemplo de la zozobra y la incertidumbre en el conjunto del país es el inicio del curso escolar, que afecta a 8,25 millones de niños y a 750.000 profesionales de la docencia. Es cierto que la competencia educativa es de las Comunidades y algunas -como Castilla-La Mancha- se han esforzado en hacer sus deberes, con más o menos medios, con más o menos acierto. El gobierno central comprometió 2.000 millones con las Comunidades para el gasto educativo ocasionado por la pandemia (228,5 euros por alumno). Pero ni el dinero se ha librado, ni se han establecido criterios objetivos y finalistas que hubieran permitido unificar una parte de las medidas. Han pasado cinco meses y medio desde el gobierno decretara el estado de alarma por la emergencia sanitaria y se suspendieran las clases. Pasado este tiempo no se ha diseñado el reinicio, la vuelta a las aulas. Ese dinero hubiera permitido tablets para el alumnado, pantallas de separación y protección, materiales higiénico-sanitarios y la adecuación de los centros. Todo se ha dejado para el final y ahora todo es deprisa y corriendo.

Y es que en el primer tramo del fondo Covid, de 6.000 millones para gasto sanitario, el criterio se trufó con derivadas políticas que nada tenían que ver con la pandemia y el gasto sanitario que había ocasionado. Decisiones que luego limitan las actuaciones siguientes, como el refuerzo de la atención primaria, la contratación de rastreadores, de sanitarios y las compras de material. Porque todo eso cuesta dinero y el dinero, al final, se distribuye no sólo por esos parámetros. Y esas limitaciones abonan el terreno a una segunda oleada del virus, con impacto en la salud de los ciudadanos y en sus economías y en las del país.

Sobra imagen y falta política y gestión. La letra pequeña cuenta siempre y más en una crisis como la actual. No valen los trazos gruesos que dan nuestros dirigentes de gobierno y oposición. Hace falta el hilo fino de los estadistas. El gobierno debe dejar de decir que tiende la mano y tenderla de una vez por todas y la oposición debe dejar de decir que está dispuesta a colaborar y ejercer esa colaboración real. Eso es lo prioritario. Es el interés general, que está por encima del interés de todos y cada uno de los líderes políticos que se sientan en el Congreso de los Diputados.

A estas alturas el gobierno se ha quedado viejo y la crisis del gabinete llama con insistencia a la puerta del Palacio de La Moncloa

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