Los datos evidencian que el régimen de tenencia no es una cuestión secundaria, sino un factor estructural que determina el nivel de presión presupuestaria.
El alquiler, el régimen con mayor presión
Según el informe, los hogares en alquiler destinan de media el 33,5% de su renta disponible a cubrir gastos de vivienda. Es el nivel más alto entre todos los regímenes de tenencia.
El estudio señala que el arrendamiento concentra mayor exposición a la evolución de los precios de mercado y no genera acumulación patrimonial, por lo que todo el desembolso mensual constituye gasto efectivo. Este patrón se ha mantenido estable entre 2019 y 2024, incluso en los años marcados por la inflación energética y el encarecimiento general de costes.
La hipoteca se encarece tras la subida de tipos
Entre los propietarios con deuda, el esfuerzo medio alcanza el 30,7%. La cifra incluye la cuota hipotecaria total —intereses y amortización— además de los gastos corrientes de la vivienda.
Hasta 2021, la evolución fue relativamente contenida, pero a partir de 2022 el aumento de los tipos de interés elevó la presión sobre muchos hogares, especialmente aquellos con préstamos variables.
Dentro de este grupo existen además diferencias claras según el momento de compra. Quienes adquirieron su vivienda antes de 2011 destinan el 23,8% de su renta; los compradores entre 2012 y 2018, el 28,6%; y los que accedieron al mercado entre 2019 y 2024 soportan un esfuerzo del 34,1%, incluso superior a la media del alquiler.
La propiedad sin deuda, el menor esfuerzo relativo
En el extremo opuesto se sitúan los propietarios sin hipoteca, con un esfuerzo medio del 17,3%. Aunque afrontan el impacto de suministros, tributos y gastos de comunidad —que han aumentado con fuerza en el periodo analizado— la ausencia de cuota de acceso reduce de forma notable la presión mensual.
El informe subraya que estas diferencias no son coyunturales, sino persistentes. Incluso tras introducir controles por renta, edad o intensidad laboral, el régimen de tenencia sigue siendo un determinante estadísticamente significativo del esfuerzo residencial.
Entre 2019 y 2024, la vivienda no solo ha aumentado su coste, sino que ha reforzado una brecha estructural: el alquiler y la hipoteca reciente concentran la mayor tensión económica, mientras que la propiedad sin deuda amortigua el impacto sobre la renta disponible.