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4.100 muertos desde el fin del estado de alarma y en la política sigue el baile de máscaras
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4.100 muertos desde el fin del estado de alarma y en la política sigue el baile de máscaras

jueves 08 de octubre de 2020, 21:59h
España se desangra en lo económico y en lo sanitario. Y sigue el baile de máscaras en la política. En los tres meses y medio transcurridos desde que finalizara el estado de alarma 4.100 españoles han perdido la vida por coronavirus. Ese es el sobrecogedor dato oficial, con el que nos hemos acostumbrado a vivir. Los españoles nos espantamos con las muertes en carretera y desde las administraciones se adoptaron medidas de todo tipo para reducirlas: revisión de la normativa, aumento de las sanciones, campañas de información y de concienciación e incluso la pérdida de la posibilidad de conducir al perder los puntos. En 2019 la cifra de víctimas mortales por accidente de tráfico fue de 1.089 personas. Es un drama en el que se ha avanzado en la concienciación ciudadana, que es algo más relajada que en la lucha contra el coronavirus.
En pocos meses el deterioro de la economía ha sido más profundo que lo que el propio gobierno había estimado. La economía caerá este año 2 puntos más, un porcentaje que traducido a dinero significa que se perderán 25.000 millones más de lo calculado y anunciado por el Gobierno el 1 de mayo. Curiosamente, a pesar de ese mayor deterioro de la economía, el gobierno mejora los datos de empleo en casi medio millón de personas. Baja su previsión del 19% al 17,1%. La razón de esta diferencia: Se han prorrogado los ERTES y el gobierno contabiliza ahora ese medio millón de diferencia como trabajadores en regulación temporal cuando en mayo lo hacía como parados.

Es evidente que las cosas ni se calcularon bien ni se han hecho bien. Y es algo que afecta a todos sin excepción ideológica. Empezando por el presidente Sánchez, con el que se puede estar o no de acuerdo, pero que es el presidente del Gobierno de España, el de todos, aunque en ocasiones parece que se esfuerza en serlo solo de una parte. El presidente se mueve en las escenificaciones medidas tanto en cuanto a decorados como en cuanto a mensajes, en la que lo que dice dista mucho de lo que el gobierno hace en el día a día y en el que prima más un objetivo medido en votos que en las variables que mandan en la situación de hoy. De tanto insistir, su mensaje va quedando hueco. Y él es el responsable del país, de todo el país. Ni cogobernanza, ni más fuertes… Los eslóganes de ayer se demuestran vacíos.

Lo mismo sucede en la oposición, donde el presidente Casado está lejos de presentar una imagen de alternativa sólida para pilotar el país.

Lo de Podemos es punto y aparte, lo de la pandemia le es útil para otros fines, para introducir en un proyecto de reinventar España desde su exclusivo y excluyente punto de vista. Poco trabajo se ve a los ministros de la formación, salvo la honrosa excepción de la titular de Trabajo. Un ejemplo lo ha protagonizado esta misma semana el responsable de Consumo, Alberto Garzón, un ministro que, según Felipe González tiene poco trabajo y por eso se dedica a otras cosas. Habría que añadir que el poco que tiene no lo atiende. Se ha producido un caso importante en materia de consumo que afecta a decenas de miles de españoles, el caso Dentix. Y el ministro ni palabra, él a lo de la crítica al rey y a lo de la república, un modelo con el que se puede o no estar de acuerdo, pero que no puede menoscabar la atención a labores como ministro y que, desde el punto de vista político, se debe plantear en el Parlamento, no desde el gobierno.

Lo de Ciudadanos es de psiquiatra forense. Su actuación en Madrid es digna de Kafka. Uno puede situarse en el centro político, pero eso requiere sacrificios y renuncias. Y eso en el poder no se lleva. Vox quiere morder al PP por su derecha. Y Casado pendiente mirando a su izquierda y a su derecha en lugar de mirar al frente y al horizonte. Aquí cada uno mira al de al lado para ver por donde puede meterle el bocado de los votos y para evitar ser mordido. Y pierden de vista a los españoles.

En ese mapa de España de sangría en vidas y en dinero, en la política rige la máxima de Napoleón: “Las victorias tienen muchos padres y las derrotas son huérfanas”. Todos quieren la medalla y huyen de sus propios errores, que achacan al otro. Y eso impide el gran acuerdo nacional para combatir la pandemia.

Todos tienen presente el ejemplo de Portugal. Nuestros vecinos fueron ejemplo de superación de la crisis financiera. Portugal salió de la anterior crisis gracias a un gran acuerdo nacional que permitió a dirigentes de izquierdas aplicar una política de austeridad de ajustes y recortes con el apoyo de la derecha. La cosa funcionó para el país. Pero llegadas la cita electoral, los portugueses premiaron a la izquierda por hacer la política que proponía la derecha, porque había dado un buen resultado, que es lo que, al fin y a la postre, importaba a los ciudadanos.

Y en ese escenario donde prima el interés por el voto sobre el interés general, el poder judicial ha vuelto a dar otro aviso a los políticos. En este caso le ha tocado a Podemos. Y más allá de la retórica, la clase política española debería darse cuenta de que todos los partidos tienen entre sus dirigentes de ahora o de antes condenas judiciales firmes. Y la cuestión no es tratar de controlar el poder judicial, sino evitar tener que comparecer ante él.
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