El dinamismo de la economía española en los últimos años tiene mucho que ver con elementos ajenos a su propia estructura productiva. Entre ellos, destaca el fuerte tirón del turismo, favorecido por la inestabilidad en destinos competidores, así como la llegada de fondos europeos y el aumento de la población por la inmigración.
A esto se suma una menor exposición energética a Rusia en comparación con otros países europeos, lo que amortiguó el impacto inicial de la guerra de Ucrania.
Pero este patrón plantea dudas: el crecimiento no descansa tanto en mejoras estructurales como en circunstancias favorables que podrían revertirse. De hecho, el PIB per cápita —indicador más preciso del bienestar— ha crecido bastante menos que el PIB total, evidenciando que parte del avance responde al aumento de la población.
El mercado laboral mejora pero con matices
El empleo ha evolucionado positivamente en términos generales, con aumento de la afiliación y reducción del paro registrado. Sin embargo, el análisis introduce un matiz clave: la mejora del desempleo podría estar parcialmente distorsionada.
El incremento de los contratos fijos discontinuos ha hecho que muchas personas que antes se contabilizaban como paradas ahora no lo sean, pese a no estar trabajando. Esto implica que el llamado “paro efectivo” ha caído mucho menos que el paro registrado.
La conclusión es clara: el mercado laboral mejora, pero no tanto como sugieren las cifras oficiales.
Inflación contenida, pero con focos de preocupación
Tras el fuerte repunte inflacionario de 2022, los precios han moderado su crecimiento, situándose entre el 2% y el 4% en los últimos años. Sin embargo, persisten tensiones relevantes.
Especialmente preocupante es la resistencia a la baja de los precios de los alimentos, que en España se mantienen en tasas elevadas, en torno al 6%. A esto se suma el impacto potencial de nuevos shocks energéticos derivados del conflicto en el Golfo.
En paralelo, los salarios han perdido poder adquisitivo durante los años de mayor inflación, aunque comienzan a recuperarse gradualmente.
Déficit estructural y presión del gasto público
En el ámbito fiscal, la economía española ha aprovechado el crecimiento para reducir parcialmente el déficit y la deuda pública. Sin embargo, el ajuste es insuficiente.
El déficit se mantiene por encima del 2% del PIB incluso en un contexto de expansión, lo que revela la existencia de un desequilibrio estructural. El principal origen de este problema se encuentra en el sistema de Seguridad Social, que presenta un déficit contributivo persistente.
Además, el peso del gasto público ha aumentado significativamente en los últimos años, consolidando una tendencia al alza que limita el margen de maniobra futuro.
Guerra comercial y crisis energética: Los grandes riesgos
El informe pone el foco en dos grandes amenazas externas que pueden alterar el escenario económico: la guerra arancelaria impulsada por Estados Unidos y el conflicto en el Golfo Pérsico.
En el caso de los aranceles, aunque la exposición directa de España es limitada, ya se observan efectos negativos: las exportaciones a Estados Unidos han caído un 8% y el déficit comercial con este país se ha disparado más de un 50%.
Más grave aún es el riesgo energético. El Golfo concentra una parte esencial del suministro mundial, y cualquier interrupción prolongada podría provocar un nuevo shock de precios con impacto global.
Medidas públicas útiles, pero mejorables
Ante este contexto, el Gobierno ha desplegado diversas medidas para mitigar el impacto de las crisis, desde ayudas al transporte hasta rebajas fiscales energéticas y apoyos a empresas exportadoras.
No obstante, el análisis de Fedea es crítico con parte de estas políticas. Considera que muchas de ellas son poco eficientes, especialmente las rebajas fiscales generalizadas, ya que elevan el coste público y distorsionan las señales de precios.
Como alternativa, apuesta por ayudas directas y selectivas a los colectivos más vulnerables, que permitan proteger la renta sin incentivar consumos ineficientes.
Un crecimiento no garantizado
El balance final es claro: España ha crecido más que sus socios europeos, pero lo ha hecho apoyándose en factores coyunturales y manteniendo desequilibrios estructurales relevantes. La combinación de incertidumbre internacional, dependencia energética, debilidad fiscal y distorsiones en el mercado laboral dibuja un escenario en el que el crecimiento podría perder fuelle si cambian las condiciones externas.
En definitiva, la economía española avanza con inercia, pero aún no ha resuelto los problemas de fondo que condicionan su convergencia a largo plazo.