El informe, que analiza el periodo 2019-2024 a partir de microdatos de la Encuesta de Condiciones de Vida, sitúa a Castilla-La Mancha en una posición intermedia-alta dentro del mapa autonómico. Está por debajo de territorios con una presión estructural más intensa como Cataluña (19,3%), Madrid (18,8%) o Baleares (18,1%), pero supera a comunidades del interior como Castilla y León (13%), Extremadura (13,3%) o La Rioja (12,9%).
La brecha territorial es relevante: casi ocho puntos porcentuales separan a la comunidad con mayor incidencia de sobreesfuerzo —Cataluña— de la que registra menor presión —País Vasco, con un 11,6%—. En este contexto, Castilla-La Mancha se sitúa ligeramente por encima de ese bloque de regiones con menor tensión, lo que apunta a un equilibrio más frágil entre ingresos familiares y costes residenciales.
Presión estable en el tiempo
El estudio subraya que el ranking autonómico se ha mantenido notablemente estable durante todo el periodo analizado, incluso en los años de mayor inflación y encarecimiento energético. Esto sugiere que las diferencias territoriales no obedecen únicamente a shocks coyunturales, sino a desequilibrios persistentes entre renta disponible y costes de vivienda.
En Castilla-La Mancha, la presión residencial se explica por una combinación de factores: la evolución al alza de los suministros —que han aumentado más de un 25% desde 2019—, el encarecimiento del alquiler y, desde 2022, el incremento de las cuotas hipotecarias tras el giro restrictivo de la política monetaria europea.
Aunque el informe no desagrega el esfuerzo medio total por comunidades autónomas, el indicador de sobreesfuerzo revela que uno de cada seis hogares castellanomanchegos afronta una carga residencial considerada severa por los estándares estadísticos europeos.
Un problema que va más allá del territorio
El análisis territorial constituye solo una parte del diagnóstico. El trabajo muestra que el esfuerzo residencial en España tiene una estructura claramente regresiva: afecta con mucha mayor intensidad a los hogares con rentas bajas, a los inquilinos y a quienes presentan menor estabilidad laboral.
En este contexto, Castilla-La Mancha no es una excepción a los patrones nacionales. La tensión residencial se concentra en perfiles muy definidos, lo que convierte a la vivienda en un factor amplificador de desigualdades económicas preexistentes.